John Weslev (1703-1791), el padre del metodismo, era un sacerdote
anglicano que al principio no tenía ninguna intención de fundar una comunidad
separada. Se comprometió con otros estudiantes de Oxford a recibir con
frecuencia la santa comunión, al estudio de la Biblia y a la visita de los
encarcelados; fueron llamados ("metodistas" por seguir un método especial de
vida. El 24 de mayo de 1738, en un encuentro de oración con los hermanos
moravos, Wesley tuvo una profunda experiencia religiosa en la que " sintió su
corazón extrañamente recalentado" por la confianza de que Cristo lo había
salvado personalmente.
Pronto empezó a predicar entre las clases obreras, animando a la
gente a acoger a Cristo como su salvador y a esforzarse por llevar una vida más
perfecta. Wesley organizó su reforma dividiendo el país en "distritos", dentro
de los cuales había varios "circuitos", de congregaciones sociales. Éstas eran
visitadas regularmente por evangelizadores itinerantes, a veces laicos, lo cual
suscitó la oposición del clero anglicano. Solamente cuatro años después de la
muerte de Wesley se fundó en Inglaterra una Iglesia metodista
separada.
El metodismo se difundió rápidamente en América, convirtiéndose
allí en una Iglesia separada once años antes de su existencia independiente en
Inglaterra. Su acento en la experiencia religiosa personal y su sistema de
distritos y de circuitos la puso en condiciones ldeales para un rápido
crecimiento. El mismo Weslev ordenó al primer clero metodista en América después
de haberse convencido de que no existe ninguna diferencia esencial entre un
obispo y un sacerdote, en lo que se refiere a la capacidad de ordenar
presbíteros. Los heroicos misioneros Francis Asbury (1754-1818) y Thomas Coke (
174711814) contribuyeron mucho a la difusión del metodismo en los Estados
Unidos, donde pronto fueron nombrados obispos algunos líderes locales, una señal
que distingue al metodismo americano del británico. Sucesivamente las misiones
fundaron comunidades metodistas en África, Asia y América Latina. Actualmente
hay unas ochenta Iglesias metodistas que pertenecen a la Conferencia metodista
mundial, fundada en 1888.
Los metodistas siguen las doctrinas tradicionales cristianas sobre
la Trinidad, sobre la persona y la obra de Cristo, y sobre la salvación por
medio de la fe. Sin embargo, más importante que la doctrina es la aceptación de
Cristo como propio salvador y el esfuerzo por alcanzar la perfección con la
ayuda de la gracia del Espíritu Santo. Los metodistas practican el bautismo de
los niños y celebran regularmente la eucaristía. Tanto el clero como los laicos
participan plenamente en el culto y en el gobierno de la Iglesia; frecuentemente
los predicadores laicos presiden reuniones de culto. Desde 1956 (Estados Unidos)
y 1974 (Gran Bretaña), la Iglesia metodista ha ordenado mujeres para el
ministerio. Los metodistas se han mostrado muy activos en el movimiento
ecuménico y se han unido con otros cristianos para formar comunidades como la
Iglesia unida del Canadá ( 1925), la Iglesia de la India meridional ( 1947) y la
Iglesia de la India septentrional (1970).
W . Henn
Bibl.: Metodistas, en ERC, Y 357-362; Metodismo, en DRC, 11,
1014-1017; P. Damboriena, Fe católica e Iglesias y sectas de la Reforma, Razón y
Fe, Madrid 1961, 687-753; J Bosch, Para comprender el ecumenismo, Verbo Divino,
Estella 1991, 74-75.
QUÉ CREEMOS LOS
CRISTIANOS METODISTAS
Hay una gran doctrina cristiana enseñada por
JESUCRISTO que, fuera de toda duda, profesamos, y en la que creemos firmemente.
Nuestra creencia religiosa se basa en la Palabra de Dios, que ha sido revelada,
y que la conciencia iluminada del ser humano percibe y testifica. Esa creencia
brota de la vida y carácter del Dios en quien creemos. La prueba final de
validez se encuentra en el crisol de la vida donde hombres y mujeres luchan, y
tropiezan, y pecan, sólo para levantarse de nuevo y rendirse en los brazos de un
Dios perdonador y siempre amoroso.
Los principales conglomerados de creyentes
protestantes y evangélicos, comparten las verdades que nosotros sostenemos. Es
un honor para los metodistas el hallarnos en la corriente central del
pensamiento cristiano, en todas partes del mundo. Esto no hace más que reforzar
la validez de nuestra fe y poner en relieve cuán extensamente es aceptable
nuestra confesión. Es propio, pues, que tratemos de expresar, en forma sucinta
pero clara, los aspectos principales que constituyen lo que creemos los
cristianos metodistas.
1. Creemos en Dios.
Dios es el Poder creador (Gén. 1:1) y sostenedor que
obra en toda vida existente (Salmos 121), y por medio de ella.
Dios es una persona. Su personalidad
trasciende nuestras limitadas personalidades humanas, pero estamos hechos a Su
semejanza espiritual (Gén. 1:27). Dios conoce a cada uno de nosotros (Salmos
44:21; 139:1-12) y podemos tener con él una comunión personal y
consciente.
Dios es amor. Dios ama a todas y cada una de
sus criaturas y anhela la salvación y perfección de ellas. Dios no sólo nos da
su Amor espontáneamente, sino que desea obtener nuestro amor como respuesta (1
Jn. 4:7-12.16).
No hay conflicto entre la justicia y la misericordia
de Dios; ambas brotan de Su infinito amor por Sus hijos e
hijas.
2. Creemos en
Jesucristo.
Jesús es el Hijo de Dios, la divina y eterna Palabra
hecha carne y morando entre los hombres (Jn. 1:14).
En Su vida sin pecado, Jesucristo reveló la
naturaleza de Su Padre y Padre nuestro. Su infinita sabiduría es nuestra
guía.
Su sacrificio en la cruz es nuestra redención, Su
resurrección de entre los muertos es nuestra promesa de vida
eterna.
Jesucristo vive hoy, invisible aunque siempre
presente, y en aceptarlo como Salvador y Señor radica la esperanza de la
humanidad para el presente y para el futuro.
3. Creemos en el Espíritu
Santo.
El Espíritu Santo es la tercera manera en que Dios
revela al ser humano Su actuar, Sus beneficios y Sus frutos en la vida de la
Iglesia (Jn. 16:7; Luc. 11:13; Hech. 2: 1-4; Gál. 5:22-23).
Dios se manifiesta en el escenario de nuestra vida
cotidiana, como el Señor y Dador de la vida: interpretando a nuestros corazones
la voluntad divina, confortándonos en nuestros amargos momentos, despertando en
nosotros el interés por lo eterno, estimulando nuestras almas al arrepentimiento
por los pecados, testificando con nuestra vida que somos hijos de
Dios.
La naturaleza del Espíritu Santo se halla a menudo
más allá de los límites de nuestro conocimiento y comprensión, pero el hecho
glorioso de Su presencia en nuestra mente y corazón, es la certidumbre central
de nuestra experiencia cristiana.
4. Creemos en la Biblia.
Las Escrituras son el registro de la revelación
progresiva que Dios hace de sí mismo por medio de personas inspiradas, y el
relato de Su justo propósito en la historia, de conducir a la humanidad a la
perfección final en Cristo.
La Biblia contiene todo lo que Dios requiere para la
salvación, y es la regla suficiente tanto de la fe como de la conducta (2 Tim.
3:15-17).
La Biblia ha resistido todos los esfuerzos para
destruirla; ha sobrevivido al estudio científico de sus páginas, y por su
perdurable verdad ha confundido a sus críticos y se mantiene hoy más digna de
crédito histórico, y más indispensable espiritualmente que nunca
antes.
Es la Palabra eterna de Dios a todas las
generaciones.
5. Creemos en el ser humano.
Mantenemos, como algo central, la dignidad y lo
sagrado de toda personalidad humana. El hombre y la mujer están hechos a la
imagen espiritual de Dios, y participan de Su carácter y comunión. El ser humano
es mayor que el mundo por medio del cual Dios produce y sostiene Su
vida.
Las Escrituras nos recuerdan que el ser humano es un
pecador y que ha caído de la gloria de Dios. Sin embargo, por medio de la
gracia, el ser humano puede levantarse por encima de su pecado y de las
circunstancias que lo rodean. Su gloria estriba en su humanidad y no en su raza
o su color.
Dotado de plena libertad de elección, puede descender
al más bajo infierno, o elevarse a los más altos cielos. En él como persona,
todo lo creado y los propósitos de Dios encuentran significación y
valor.
6. Creemos en la salvación del
pecado.
Esta experiencia viene por medio de la fe en
Jesucristo como Salvador y Señor. Es un acto que implica arrepentimiento por los
pecados pasados, y la aceptación de la misericordia y el perdón de
Cristo.
La Salvación viene no por nuestros propios esfuerzos
o por que alcancemos algún mérito. Es la dádiva libre de la gracia de Dios, que
"muestra su amor por nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros" (Rom. 5:8).
Así pues, Dios quita nuestros pecados, restaura Su
imagen en nuestro corazón, y nos concede un nuevo nacimiento, otra oportunidad,
mediante al amor inmerecido de Su Hijo y Salvador nuestro,
Jesucristo.
7. Creemos en la experiencia
cristiana.
Es el privilegio de toda alma redimida saber que sus
pecados han sido perdonados, y tener la seguridad, mediante el testimonio que el
Espíritu Santo añade al de su espíritu, de que es Hijo de Dios (Rom.
8,16).
La razón, como la Ley, puede ser un medio que nos
conducen a Cristo. Sin embargo, nuestra más profunda seguridad no es el
resultado de la razón, sino del arrepentimiento y de la fe. Muchas veces nuestra
fe, sin avergonzarse de ello, se halla impregnada de una intensa emoción. Pero
nuestra seguridad no es el producto de la emoción, sino de la certeza radiante
de un Cristo que mora en nosotros, cuya misericordia nos ha limpiado, cuyo amor
nos ha salvado, y cuya presencia en nuestro corazón nos ha dado poder y
victoria.
La fe es una experiencia de vida y no una mera
experiencia emocional. Toda conversión, para ser auténtica, tiene que
demostrarse en "santidad de vida", tal como lo dice la Escritura (Rom. 6:22; 1
Tes. 3:13; 4:3.7; Heb. 12:14).
La experiencia del hombre integral, discerniendo el
valor de las Escrituras, la tradición y la razón, mediante la acción vital del
Espíritu Santo, viene a ser la autoridad final en cuanto a certidumbre
religiosa.
8. Creemos en la perfección
cristiana.
La gracia de Dios se manifiesta no solamente en el
perdón de nuestros pecados. Es también redentora. El poder que opera en nosotros
para hacernos perfectos en amor.
Nada que sea menos que la perfección, la semejanza a
Cristo en pensamiento, palabra y hecho, puede dar la medida del amoroso
propósito de Dios en cuanto a nosotros. Es fe nuestra, el que el cambio
fundamental que se opera en el individuo por la regeneración, es un proceso
dinámico, que por el crecimiento en la gracia, hace marchar hacia "el ser
maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Ef.
4:13).
Podemos apagar el Espíritu y caer de la Gracia, pero
nuestro destino divino es el amor perfecto y la santidad en la presente
vida.
9. Creemos en la Iglesia.
Esencialmente, la Iglesia no es una institución
humana, sino una comunidad de los creyentes cuyo Señor es Jesucristo y en
quienes El obra por su Santo Espíritu. Es la dádiva de Dios para la salvación
del mundo, mediante la proclamación del Evangelio de las Buenas Nuevas a todo
ser humano. Afirma las demandas de Cristo como Palabra de Dios encarnada y su
título a la soberanía sobre toda vida humana.
La Iglesia es universal en naturaleza, es mayor que
cualquier grupo que pretenda representarla exclusivamente, y está sobre toda
nación y cultura, en medio de la cual establezca su residencia. Perteneciendo a
todas las edades, desafía el paso de los siglos, y abarca dentro del cuerpo
visible e invisible de sus miembros, tanto a los vivos como a los
muertos.
Aunque compuesta de elementos así humanos como
divinos, su naturaleza no mengua por las fragilidades de los pecadores
perdonados que son sus miembros. La Iglesia es el cuerpo de Cristo (1Cor.
12:27), el instrumento de Su activo poder, y el vínculo de comunión entre todos
los que lo aceptan como su Señor.
10. Creemos en el reino de
Dios.
El reino de Dios significa la soberanía plena de Dios
en todo el quehacer de la sociedad humana. La escala divina de valores para todo
individuo, grupo y nación. Así como la perfección cristiana es la meta en la
vida individual, en la sociedad humana la meta es el reino de
Dios.
Su creación es una tarea de cooperación y solidaridad
en que participa tanto Dios como el hombre. La norma de una sociedad redimida es
el pensamiento de Dios.
Se alcanza mediante la energía espiritual que imparte
Su espíritu en los corazones humanos, pero su consumación final viene poco a
poco mediante los esfuerzos unidos de Dios y el ser humano, que trabajan unidos
en la lucha por crear un orden nuevo y divino y hacer que Su voluntad sea hecha
en la tierra así como en el cielo. El reino de Dios no consiste en palabras,
sino en poder y acciones concretas de amor en favor de los más pobres y
marginados de nuestra sociedad (1 Cor. 4:20; Mat. 25:31-46).
11. Creemos en el juicio
divino.
Dios no es solamente el Creador, sino también Juez de
toda la tierra. Todos, hombres y mujeres, y aún las naciones están delante de Su
tribunal (Mat. 25: 31-46).
La ley moral y la ética cristiana juzgan tanto al
pecador como al santo. Más allá de todas las leyes, costumbres y opiniones
humanas, está una ley divina que se mantiene absoluta e
inmutable.
El ser humano puede quebrantarse así mismo y sus
civilizaciones, cayendo contra esa Ley, pero la Ley misma permanece para
siempre. Los juicios del Todo poderoso son verdaderos y
perdurables.
12. Creemos en la Vida
Eterna.
El hombre y la mujer, cuya existencia terrenal es tan
breve e incierta, llevan, no obstante, la eternidad en su corazón, puesta ahí
por el Creador. Las palabras de Jesús, y su Resurrección de entre los muertos,
nos traen la seguridad de que para el cristiano la muerte será convertida en
victoria (1 Cor. 15:54-55).
Dios es eterno, Jesús es el conquistador del
sepulcro, y nosotros estando unidos con Él, compartimos su vida perdurable (Jn.
11:25).
La muerte es una puerta que conduce de un mundo
natural a un mundo espiritual. Es una transición para entrar en el más profundo
compañerismo de su más próxima presencia.
Esta declaración no
es, en modo alguno, una tentativa de trazar una teología sistemática para los
metodistas. No abarca el horizonte entero de las creencias cristianas que
profesamos. Es solamente un esfuerzo por destacar, en términos breves y
sencillos, las doctrinas centrales del pueblo llamado metodista. Nuestra
teología no ha sido jamás un sistema doctrinal estrechamente organizado. Jamás
se ha insistido en la uniformidad del pensamiento o de las definiciones. Siempre
se ha reservado a nuestros miembros la libertad para la investigación reverente.
Nos sentimos orgullosos de nuestra herencia y hacemos hincapié en el famoso
dicho de Juan Wesley: "En cuanto a opiniones que no lesionan la raíz del
cristianismo, pensamos y dejamos pensar".
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